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Calambre en el 32

Traté.

Entrené mucho: le dediqué tiempo, muchas madrugadas, mucho sudor.

Tenía toda la intención de lograrlo: en este, el que sería mi quinto maratón, quería lograr la calificación al maratón de Boston. En mi categoría, significaría correr los 42 kilómetros en menos de 3 horas con 10 minutos.

Truena el disparo de salida. Vamos.

He entrenado mucho. Estoy listo.

Los primeros kilómetros pasan sin mucho problema. Voy flotando a un muy buen paso. Más tarde me daría cuenta que crucé los primeros 10 kilómetros en primer lugar. Que en los 21 kilómetros todo seguía perfecto: 1 hora con 33 minutos y solamente un corredor en frente de mí. A ese paso no solamente calificaría, sino que lograría uno de los sueños de todo papá: que tus hijos te vean como ganador, en el podio.

Pero el maratón es muy cruel. La temperatura comenzó a subir. Al salir de la ciudad y tomar la carretera, no hay nada para frenar el viento. Se siente muy duro, en contra. El sol me quema los hombros. La boca la siento reseca. Polvosa. Por más que tomo agua cada que puedo, no es suficiente.

  

Ya me rebasaron otros dos corredores y no estoy logrando mantener el paso.

¡Ahhhhh! Literalmente, grité. El calambre me acaba de inmovilizar el chamorro izquierdo. Mi pierna se convirtió en una piedra. Comienzo a cojear. Pero no dejo de trotar. No puede ser. ¡Es apenas el kilómetro 32! ¿Cómo voy a aguantar otros 10, acalambrado?

Ya no logro ver a los corredores que van frente a mí. Nadie delante, nadie detrás. La carretera está sola. Yo solo. Arena a los dos lados. Más aire. Más fuerte. Más sol.

  
Me debo parar. Soy papá. Tengo que ser responsable y cuidarme. Ya. Ya me tengo que parar. ¿Qué me puede pasar si me desmayo aquí, solo?

Pasamos tanto tiempo dudando de nosotros mismos. En todo lo que hacemos en la vida, como seres humanos tendemos a ser inseguros. En el trabajo. En la casa. En las relaciones con los demás.

¿Seré lo suficientemente bueno? ¿Puedo? ¿Soy bueno para esto? ¿Seré aceptado? ¿Voy bien?

El maratón es personal. Correr un maratón no es una experiencia deportiva. No se trata de “correr”. Se trata de algo mucho más profundo. Se trata de una lucha contra tu inseguridad y contra tu duda. Se trata de ganarte a ti mismo.

Siempre hay algo dentro de ti que te insiste que no puedes. Que ya es hora de rendirte. Que no viene al caso. Que no tiene ningún sentido. Ya. Aquí párate. Aquí salte. Nadie te lo va a cuestionar. Cualquier excusa funciona. Todo mundo lo va a entender.

Es el kilómetro 35. Segundo calambre, en la misma pierna. Tengo que caminar un poco. Seguir cojeando. Me duele.

Veo una ambulancia a unos 300 metros. ¿Pediré ayuda?

Siempre hay algo dentro de ti que te insiste que no puedes.

Pero tú no. Tú no te lo vas a permitir. Tú sabes que en alguna parte de ti, queda algo que te puede seguir moviendo. Tú sabes lo que le has invertido. Tú sabes que es tu mente la que te está engañando. Tú sabes que estás fuerte. Tú sabes que puedes controlar tu cuerpo. Tú sabes que puedes darle órdenes a los músculos: ¡síganse moviendo!

No puedo.

¿No puedo?

Sí puedo.

Aquí sigo.

El maratón te obliga a verte solo. A sentirte solo. A luchar contra ti mismo. A destruir tu cuerpo, para decirle que tú lo controlas. Que tu mente lo puede.

El maratón no es flexible. Descubre tu debilidad, y ahí es donde te ataca. Ahí es donde te aprieta. En donde más te duele.

El tiempo de la calificación dejó ya de ser una posibilidad. ¿Para qué seguir? Cuando me rebasó el pacer de 3:25 me quedó claro que no solamente estaría muy lejos de calificar, sino que terminaría con el peor tiempo que he hecho en un maratón. ¿Para qué seguir?

Y de repente.

Medio cojeando, trotando, de repente caminando, de repente corriendo.

Y de repente ya estoy en el kilómetro 41.

Correr un maratón no hace ningún sentido. No hay motivaciones externas que lo justifiquen. No fomenta la paz ni acaba con la desigualdad. No ganas ni dinero, ni poder, ni fama ni nada de eso. Visto desde fuera, no viene al caso.

Pero es mío. Es MI reto. Es MI reflexión. Es MI pelea.

Y de repente sabes que ahí está la meta. Que falta menos. Que no falta casi nada.

Todas las emociones explotan dentro de ti. Comienzo a llorar. Ya mero. Ya no falta nada. Tengo que apretar un poco el paso. Sí puedo. Sí puedo. Sí puedo.

Ya.

Ya crucé.

Estoy llorando.

Hice mi peor tiempo. No logré la calificación.

No lo logré.

Pero sí logré. Sí terminé. Sí le gané a mi mente. Le gané al calambre. Le gané al viento. Le gané al sol. Me gané a mi mismo.

Mañana no sé qué puede pasar. No sé qué podrá pasar con los retos, con los proyectos nuevos, con lo planes. Muchas cosas no saldrán bien. Me acalambraré. Ya sé.

Pero hoy sí pude. Hoy sí.

El maratón es mío.

 

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1 Comentarios

  1. Wow! Felicidades… Gracias por compartir, justo el aprendizaje que uno necesitaba escuchar para motivarse!

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